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El freelance o Sicariato Gráfico

Autor: David Beltrán |Diseñador Gráfico | Unal

Una imagen vale más que mil palabras, dicen por ahí… pero una palabra mal aplicada puede echar por la borda todo un trabajo de imagen. La verdad es que nuestra noble profesión es muy sensible a estocadas fulminantes que pueden entorpecer el “carácter profesional” que mostramos ante nuestros clientes.

Últimamente nos inquieta mucho la parte económica, fórmulas, pócimas mágicas que nos establezcan una retribución en dinero real y justa para el cliente como para el diseñador. A la final cada uno tiene su estilo de “matar pulgas” y desde que se sienta al menos cómodo, va a seguir aplicando su método infalible (sin entrar en la discusión si es correcto o no tal método).

Un profesional en Diseño Gráfico siempre va a tener la oportunidad de asesorar a cualquier cliente, en cualquier dimensión, desde un folleto hasta toda la parte estratégica de comunicación interna y externa. El cliente en la parte legal, comercial, de recursos humanos o cualquier otra, está sensible de pedir soporte profesional. Esa es la lógica en el ambiente laboral y de negocios: todos ofrecemos algo y necesitamos otras cosas. Así funcionan el universo y así hay flujo monetario, todos consumen, todos trabajan, todos necesitan, todos suplen necesidades. Cualquier sistema económico funciona así.

Pero yo me pregunto a mí mismo: “Mí mismo, ¿por qué a nosotros, los Diseñadores Gráficos nos da terror pedir asesoría de un tema que no manejemos y simplemente asumimos que no lo necesitamos?” No somos omnipotentes y no tenemos autosuficiencia. La parte legal, tributaria y hasta la parte nutricional depende del concepto del experto en cada área. Espero que nosotros no aspiremos a ser eternos empleados y envejecer trabajándole al mismo “Pluma Blanca” y agachar la cabeza por la “comodidad” de la entradita de plata fija con un mínimo y constante esfuerzo. Cuando tenemos la astucia y la intrepidez (o la necesidad) de destetamos de una nómina, debemos tener en cuenta mucho el contexto y el orden de lo establecido para entrar al negocio y no fracasar en el intento, rodearnos de profesionales que complementen nuestra incursión en el mercado del diseño puede ser algo bastante gratificante, así como ellos nos ven como complemento dentro del negocio que practican.

Para ir más cerca del talón de Aquiles del ego del Diseñador Gráfico nunca nos hemos puesto a nosotros mismos como cliente, de nosotros mismos. Hagamos el ejercicio básico, diseñemos nuestra propia identidad corporativa, auto-asesorémonos en la construcción de una imagen de profesionales ante un cliente.

Suena paradójico, pero muchas veces pensamos más en la imagen del cliente que en nosotros mismos, simplemente porque nosotros por esa auto-asesoría no nos pensamos auto-pagar, además nos es ridículo, pasar la plata de un bolsillo al otro. A simple vista resulta nada rentable. Pero eso si al cliente se le hace de todito, entonces nos volvemos sicarios del diseño. Diseñar en función del factor dinero nos quita trascendencia profesional y nos esclaviza bajo una interpretación equivocada del oficio.

Ahí comienzo a atacar el término “freelance”. Etimológicamente hablando es un vocablo del inglés medieval que lo utilizaban para mencionar a los mercenarios, soldados o caballeros que participaban en conflictos bélicos por su beneficio personal, sin una ideología definida y que podían ser contratados por cualquier persona que necesitara sus servicios. Apliquémoslo a nuestro contexto. Realmente carecemos de una ideología y/o identidad como Diseñadores Gráficos Profesionales en la cual suplimos esa ausencia con el motorcito que nos mueve en la mayoría de las ocasiones: el billete. Obviamente entramos a la educación superior con el ánimo de subsistir de la profesión, pero ¿a qué costo de conciencia?

El modelo de educación que se aplica en países como Colombia moldea profesionales con alma de empleados eternos y predeterminadamente nos define como “freelanceros” cuando no dependemos de una empresa que nos da la papita diaria y el chicharrón de turno.

Esta maldita palabra la siento como un calificativo peyorativo a nuestro oficio. Primero por la historia que le sigue detrás; segundo por la percepción que tiene el mercado y los clientes a aquellos que se autodenominan así. Propongo dignificar la profesión eliminando aquel extranjerismo por una frase que sin meterle romanticismo, puede tener efecto positivo en el enano que firma el cheque: Profesional Independiente.

Creo que es necesario utilizar éste u otros términos para definir el lugar que le corresponde a nuestra profesión dentro del negocio global de las comunicaciones. Hacer la pequeña gran diferencia con respecto a los pequeños saltamontes que conocen su “sensei” en un garaje lleno de pupitres.

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